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Eugenio Montejo, autorretrato en primera persona

Hoy tomamos este ensayo de Orlando Baquero, promotor académico y cultural del Centro de Interpretación Histórica de la Universidad de Carabobo, para recordar al cofundador de la Revista Poesía, ganador del Premio Nacional de Literatura de Venezuela (1998), del Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004), el gran Eugenio Montejo, a 9 años de su fallecimiento

I

 

Le veía llegar como solía hacerlo cada lunes. A eso de las diez de la mañana atravesaba el patio del rectorado con el paso tímido de antiguas estirpes y la mirada profunda y limpia de quien ha visto los límites del mundo y de sí. ¿Qué lleva dentro? me preguntaba al verle aquel gesto desde el que recibía a la fragmentaria multitud que le copaba en medio del estacionamiento, en cualquier cruce de pasillos, bajo la sombra de centenarios árboles cuyas ramas se mecían cada vez que llegaba el poeta, quizás en agradecimiento por haberles dado voz cuando escribió “hablan los árboles…”.

 

Yo miraba desde la puerta de mi oficina. Cada lunes con algunos textos en mi mano, con el mismo deseo de agradecerle en persona sus palabras, pero con el mismo terror de hacer el ridículo porque “qué puedo hablar yo con un creador de esa estatura”. Ya se había dado un festivo “rebrote” de sus libros a partir de su texto recitado en la película “21 gramos”. Ya le habían entregado el premio Octavio Paz, eso para mí, eran nuevos escalones que se sumaban a la distancia que yo imaginaba.

 

Siempre busqué un momento a solas con él. Calculaba la hora de su llegada, confiaba en ese espacio anónimo entre la vigilancia y el estacionamiento. Inútil. Otros ya habían hecho los mismos cálculos.

 

Alcancé pedirle un autógrafo en una de sus visitas al “despacho de los poetas”, como alguien bautizó la oficina de Rafael Simón Hurtado y José Joaquín Burgos. Fue mi estrategia de estar cerca de él. Calculaba la hora y me iba para la puerta de ese despacho. “Buenos días, ¿está el poeta Burgos o Rafael Simón?”, le respondía que si y le abría la puerta. Fueron pocas las conversaciones que tuve la suerte de presenciar entre aquellos tres hombres, sentados como cada lunes, en una pequeña oficina olorosa a café y de la que salieron grandes ideas a fundar obras. Fueron pocas, pero cuán nutritivas para mi alma inquieta.



II

 

Un día del año 2006, la Universidad de Carabobo decidió conferir un doctorado Honoris Causa al poeta Eugenio Montejo. Apenas supe la noticia, me ofrecí para hacer la cobertura fotográfica del acto. La decisión de la Universidad despertó júbilo en muchos, pero también resquemor en otros. Montejo fijó posición ante la realidad política de nuestro país. Acción por donde se vea, absolutamente respetable y que obviamente, respondía a sus principios como hombre y ciudadano.

 

Algunas personas dentro y fuera de la Universidad, un grupo muy reducido y quizás algo desinformado, quisieron protestar frente al edificio patrimonial de la UC el día del conferimiento del doctorado. Tuve la oportunidad, gracias a la intermediación de mi amigo Alcides Hurtado, de conversar con algunos de los promotores de la protesta. Apartadas las generalizaciones, los lugares comunes y los clichés, finalmente llegamos todos a comprender que el acto honraba la trayectoria de un poeta.



Total felicidad y más cuando pude saludar a algunos potenciales “protestantes”, a la salida del acto cuando todos fuimos sorprendidos y en grado sumo, Eugenio, por una pancarta desplegada por estudiantes de medicina de la UC y jóvenes llegados simplemente para acompañar al poeta. La pancarta decía:



POETA
En sus palabras ANDAMOS
Con sus palabras SOÑAMOS
Por sus palabras LUCHAMOS
Desde sus palabras SENTIMOS
Sin sus palabras MORIMOS



Son los efectos colaterales de una voz que conduce los ecos de la vida y a la que sólo podemos responder con más vida. El doctorado se realizó un día jueves, el lunes siguiente en la edición correspondiente de nuestro semanario Tiempo Universitario Eugenio Montejo ocupaba páginas primera y centrales. Acostumbramos en la portada, hacer una especie de editorial que está siempre relacionado con la foto destacada y que abre el periódico. No es una leyenda, es una idea brevemente desarrollada a partir de la imagen. Esa semana el texto de primera habló del doctorado de Montejo y lo que significó para nosotros.

 

Pasaron varias semanas. “Le busca el profesor Eugenio Montejo”, me dijo la recepcionista. Salí y le saludé, a la vez que le decía que ni Rafael Simón ni el poeta Burgos habían llegado.

 

- “No, no te preocupes, no vengo por ellos, vengo a hablar contigo, ¿tú eres Orlando…Orlando Baquero?”



- Sí, le contesté.

 

- “Me dijo Ana Mercedes que eres tú quien escribe los editoriales de la portada de Tiempo Universitario, incluyendo el de mi doctorado?”, me dijo.
- Sí, tengo esa grata responsabilidad, le respondí.

 

- “Me gustaría conversar contigo, dónde podemos estar tranquilos, porque sabes que me ven y se me va el rato saludando”.

 

Pasamos a un saloncito que había al lado de donde yo trabajaba. Eran las 9:45 de la mañana. Nos despedimos a las 12:30 pm. No recuerdo la fecha de aquel encuentro, pero sí cada una de las cosas que hablamos, las inquietudes compartidas, su sabia orientación, los libros, el arte, sus palabras de aliento, sus poemas “Levitación” y “Güigüe 1918” que me han acompañado como un estremecimiento desde mis 17 años, cuando un amor de aquellos días me regaló algunos poemas suyos, la gracia que le produjo saber de mi respeto-miedo hacia él, su vasto conocimiento de la condición humana, su profunda humildad, etc… con esa especial delicadeza que caracteriza a los espíritus fuertes, a las conciencias claras. Me sentí distinto después de aquella conversación. Ella permanece en mi memoria como mi primer eterno agradecimiento a Montejo.



III

 

Premio Octavio Paz. Agenda intensa. Meses sin ver al poeta. Hasta una mañana que le vi en la oficina de mi jefa. “¡Profesor! ¡Qué bueno verle! ¿Cuándo le tenemos de nuevo entre los hombres?”. Risas y anécdotas de sus recorridos. “Tenga este presente”. Le obsequié un ejemplar de mi libro “Arqueología del aire”, recién salido de imprenta.

 

“¡Qué buena noticia Orlando, te felicito! Claro que lo leeré y te daré mi opinión”. A la semana siguiente, de nuevo en la oficina de mi jefa ni me dio tiempo de saludarlo. Sacó una tarjeta, anotó un nombre y un teléfono. “Vas a llamar a esta mujer de mi parte, le mandas un ejemplar de tu libro, esperas que ella te responda y lo presentamos en Caracas”. Y me habló largamente de Katina Henriquez, de la bella librería El Buscón y del circuito que debía cumplir mi libro.

 

Cumplí “al pelo” sus instrucciones y en pocos meses estábamos presentando “Arqueología del aire” con Katina, en su bella librería, ante las lúcidas palabras de Edmundo Bracho y con Eugenio, quien por salud no pudo asistir, pero nos acompañó como un aire de felicidad vertido sobre todos aquella noche mientras se desataba una serie de pequeños sucesos que nos conmovieron a todos. Luego de las palabras profundas de Edmundo, me tocó dirigirme a los presentes. El libro, mi vida y las razones que lo unían todo.

 

Finalicé dedicando ese momento a quien me había acompañado hasta allí: Eugenio Montejo. Y entonces el bautizo. Unos pétalos, unas copas a punto y de pronto Katina que me dice: “¡No! No lo bauticemos con pétalos, tengo algo mejor que va acorde con lo que has dicho”. Fue y regresó con una bolsita de pastina de letras, la de las sopas de letras y vertimos abecedarios, vocales y números, sobre las luces, sombras y voces de mi libro.

 

“Con estas letras bautizamos el último libro de Eugenio, las guardaba para una presentación especial”. Guardo el ejemplar con la pastina adentro. Imagino esas letras hablarán entre sí y a fuerza de anagramas y palabras imposibles pueda yo develar ciertas coincidencias que la poesía comparte con la magia y la fotografía. Mientras tanto guardaré como un retrato en primera persona, este segundo eterno agradecimiento al poeta que hablaba con la voz de los árboles.


 

Autor Autor: Orlando Baquero
Fecha Fecha: 06.06.2017